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RESPETABLES
Arrecifes con nobles ambiciones de altura,
emergentes del cieno confundido,
son como extravagancias soportables.
Allí abajo tan sólo se difunden
besos frenéticos envueltos en papel moneda
y unas gotas de innata alegría amarilla
que se va diluyendo por los ojos de los lagartos.
Se ignora convenientemente todo.
Los ojos siempre eluden los cielos enigmáticos,
las manos están húmedas de veneros muy turbios
y la desnudez la prohíbe la costumbre y la ley.
Existen unos códigos enormemente útiles
para que a nadie se le ocurra disentir,
para que a nadie se le ocurra preguntar
a los dedos o peces que revuelven el fango
sobre la posibilidad de algún brillo animado
que acerque un poco más el horizonte.
Y perseveran, respetables, día tras día,
ufanándose si consiguen comprar una caricia,
riendo si el azar detiene en ellos un instante
su errático trayecto edulcorado,
adorando idolillos notoriamente falsos
con lo que apenas sacian su innata sed de infinitud,
tapando sus oídos si alguna vez del cieno afloran
para que los vencejos con alas de papel de seda,
que vuelan por el aire próximo al lodo,
no les aturdan con sus trinos inquisitivos
ni les angustien con indecisiones y dudas.
Respetables, lo mismo que los muertos.
HIMNO MUY VITAL
Con los labios muy puros brillando en las alturas,
con un corazón fácil que no requiere sueños,
con la mirada erecta y fija y firme,
avanzamos, avanzamos.
La frente se siente importante ante el viento
y el fragor del tambor aborta los temores.
En lontananza,
las montañas, morenas de lluvia sin reflejos,
son bravos desafíos que se afrontan
como la piel encara la penumbra.
Avancemos, avancemos.
Muramos con honor, aunque ignoremos
si el confuso destino devolverá algún día
el eco de este canto perentorio.
Marchemos con el paso decidido, aunque olvidemos
que la niebla insondable que cubre y oscurece
la flor de nuestros ojos
jamás nos dejará entrever las estrellas.
La flecha rompe el viento
con la fuerza indomable de su impulso
y la lluvia, al final, llegará hasta la tierra
aunque los árboles, extenuados,
agiten sus ramajes moribundos.
Avancemos, avancemos,
No me preguntes por el destino de mis besos
ni por el trémulo motor, borroso y torpe,
que impulsa mis anhelos hacia la gloria.
Sólo sé responder a las preguntas simples
que hacen el sol y las banderas.
¡Adelante, ladrillos de la historia!
¡Adelante! ¡Avancemos!
DUDA POR DECRETO
No, no quisiera. Déjame.
Ese resplandor que huele a gaviotas
no es más que un toro azul que encubre el horizonte.
No sé nada y nunca, nunca sabré nada.
Déjame mirar atrás y allí extasiarme.
Atrás está la lágrima que nace sin motivo
y el embrujo cándido que no se extingue nunca.
Atrás está la paloma que no es quietud,
la piel ungida de música íntima,
los labios imposibles,
el bosque tibio, umbrío y excitante,
la palabra que es lluvia, ola espumosa,
la desnudez dorada, la tierra.
Delante está el misterio, la voz ya casi húmeda,
los ojos desmayados sobre un fondo marino
y ese deseo que es de cuerpos que tiemblan
en la negrura que aprisiona o miente.
Delante hay preguntas que nadan en la sangre viva
y sienes abiertas devoradas por el musgo virgen.
Y el dolor, el dolor que hacia un cielo muy turbio vuela.
No, no quisiera dudar y sin embargo no defino.
No quisiera mojar mis alas de cera
con esa lluvia fría y penetrante
que proviene de las alturas más ignotas.
Pero he nacido, eso es ineludible.
No encuentro ningún modo de evitarlo.
No quisiera. Déjame.
QUIZÁS ESO SÍ
Deslizo la mirada por un mar de élitros pálidos
pretendiendo algún islote que irrumpiera,
isla de nube o carne o miel con voz; sangre suelta
nacida para el polvo que el viento azul abraza.
No hay un rastro de ternura en los ojos impávidos:
es sólo dolor disfrazado de dolor de mar.
¿Puede el amor suplir esta ignorancia o pose?
¿Podré justificarme ante mí mismo
olvidando las estatuas policromadas por el cansancio
y siguiendo con la vista, atentamente, el vuelo
de aquel insecto agudo que no promete sonrisas?
Guardo en el seno una moneda antigua
con la que puedo comprar tranquilas azucenas
o agresivas amapolas que muy pronto mueren.
No voy a decidirme. Nunca.
Hay aromas que se definen por sí mismos
y mariposas que a mí no me engañan.
Porque yo creo (¿creo?) en el mensaje del pájaro
que vuela desde los juncos enhiestos del arroyo
hasta la misma tierra que las hormigas hieren.
Creo (¡creo!) en esa gota de luna envuelta en brisa
que rueda por mi pecho sin abrirlo
como un sueño lejanísimo que no es silencio.
Mañana saldrá el sol, consuelo ingenuo,
pero he de admitir que el sol calienta mis manos,
simples, desnudas y derrotadas manos,
y quizás eso sí será importante.
RESPIRANDO SÓLO
Y muy pronto vendrán a preguntarme los ancianos
si he pagado mi deuda ancestral con la arcilla.
Porque vivir, vivir, vive cualquiera,
pero cerrar las bocas de dientes opresivos
es ganar una sonrisa para el momento absoluto.
Yo podría decirles que hace tiempo que alcancé la locura,
que he dejado correr por mi piel, sin enjugarlas,
las perlas cálidas del zumo redentor
que brota de mi frente cuando existo.
Les diría que ya no detengo los relojes
que marcaron el transcurso de mis manos incesantes
por los densos repliegues de los cuerpos vivos.
Les diría que me aburre gritar mi apellido
a todas esas venas que vierten su agonía
en la blancura dócil de los párpados no abiertos.
Que ya todo me da igual. Hasta el olvido:
lienzo pardo en el que voy dibujando
el perfil doloroso de sueños inconcretos;
lago verde, oscuro y profundo,
en el que se van hundiendo mis mejillas,
mis sienes, antaño prolíficas, que ahora ya no dicen.
Que me transformo, me alejo, me hiero blandamente.
Que pierdo, pierdo, que respiro lentamente y me sublimo.
Musitaría mi secreto, yema de mi tristeza o latido,
a esos tristes ancianos que conocen y olvidan
la acritud del error y la dulzura de la muerte,
mientras sigo buscando un cálido refugio
en algún pecho quebrado por una explosión de amor.
MI MISIÓN
Hay hombres más altos que las nubes
que reciben en sus sienes el frescor de todas las canciones.
Hombres que, al cerrar sus manos,
oprimen el temor de los jilgueros melodiosos.
Hombres con muñecas de oro y vientres limpísimos,
con pieles indoloras y ojos lacerantes.
Hombres rápidos, cerrados, erectos, compactos.
Yo nunca he podido ubicar mi sombra entre las suyas,
porque yo nunca he dudado del valor de lo sublime
ni he dejado que mi voz se perdiera
por la niebla metálica que envuelve a los toros viscosos;
porque yo conozco todas las heridas falsas,
todos los vientos turbios, los silencios con máscara.
Yo estoy ahí. Soy una sed.
Mi sollozo es como un grito cuando el frío.
Árboles sin brisas ni plumas se me muestran últimos.
Remotos perfumes equívocos o inciertos me tientan,
me deslumbran, me desnudan ya. Amores medianos
que al final no consiguen apresar mis afanes.
¡Y esta vida, sin embargo, que se escapa por los bordes!
¿Dónde está esa sonrisa que no es noche ni rayo?
¿Dónde está esa manzana con su dulce y su añil?
Mi misión es flotar por encima de todas las orillas,
hacer girar mis brazos sin locura,
ser paloma blanca aunque herida en el costado.
Perder, gota tras gota, mi sangre tan amada
para que, al fin, germine o calme un labio.
POR TODOS LOS MARES
Antes que un delirio, una mirada lenta y palpitante
sobre esa muerte roja en la que leo mis recuerdos.
El perfume de mis padres me orienta hacia la carne,
pero estoy precozmente cansado.
Ruiseñor que no cantara nunca,
que en el imperio de la noche, no acertara con mi vena fácil
y sólo produjera risas que no son un candor.
Estoy cansado de todas las trivialidades reiteradas.
Yo quiero conocer otro mar, todos los mares,
y profundizar, enconarme, pudrirme en sus misterios dulces,
bucear por ignotos jardines submarinos de limpias espinas
y flores ondulantes que tantos errores desconocen.
Tener mis manos llenas de zumo de estrellas o limo puro
para lavar con él mi rostro día a día.
Prefiero tener el corazón inundado por las lágrimas
que por las secreciones viscosas de los anfibios.
Así, como ciñendo el universo y todas sus azucenas,
así, un río que se arrastra con su carga de raíces como filos,
así, mi corazón llorando ante el arroyo límpido,
¡y sentir que me quieren!
Yo no puedo morirme con los ojos cerrados
ni puedo cavar mi fosa entre el viento y el silencio.
Quiero acariciar piel abundante y pausada,
dorsos doloridos que son algo más,
voy hacia todos, los otros, los que están, no calles, muero.
He de ir. No sé cómo, pero he. Vivir es eso.
Antes que un delirio, amar, fundirme.
TENGO YA MI PORCIÓN
Azúcar en el extremo de la lengua ¿Lo comprendes?
Dioses que danzan frenéticos sobre un centro que arde,
porque ya lo sobrehumano se respira o lo respiro yo.
Clamores, miradas que saben, músculos tensos
y, en las yemas de mis dedos, algo que no es una idea,
no amor: tendencia, instinto, empuje. Destino.
¿Lo comprendes? ¡Pobre neófito extraviado!
Sólo has aprendido, a lo largo de tus playas breves,
a buscar definiciones en los diccionarios.
¿Dónde está la mirada que avanza y rompe?
¿En qué lugar del pecho escondes ese pulso
que te hace sobrevivir a la frivolidad?
Vamos viviendo, sí, pero hay más:
La dualidad exacerbada hasta el delirio,
la impenetrable altitud del cielo indiferente,
las espinas blancas, el viento… volar.
Abramos ventanas hacia ese paisaje que es gesto.
Olvidemos los atisbos masculinos que se clavan
(manos ásperas) en lo profundo, en lo confuso.
¡Ay, contemplación larga, ojos curiosos, dudas…!
Es azúcar en el extremo último de mi lengua;
azúcar insípido, pero blanco y cristalino.
Ven conmigo, toma un trozo, por piedad:
¿No ves a los pájaros morir boca arriba?
¿No ves los mirtos secos como papeles manchados?
¿No ves las campanas rotas que nadie retira
de la torre erguida con dignidad patética,
que hoy son la chatarra de una gesta mágica?
Mañana a estas horas te preguntarás por tu sueño
y lo hallarás marchito como ceniza amorfa.
Yo, sin embargo, podré morirme sin alaridos.
Anochecerá hoy mismo. Vuela.
Volaran todos.
DE LA PASIÓN A LA BRISA
Eso era antes, antes, cuando no me acechaba la nieve
y fingía, sin embargo, casi heridas o casi cicatrices,
todas alojadas en un pasado equívoco.
¿No era mi piel como de vidrio o de escarcha dulce?
¿No era mi pecho una garza temblorosa que volaba
tropezando en todas las esquinas del cielo?
Sí, antes. Cuando aún ignoraba
que la muerte puede comprarse poco a poco,
cuando las vacas torpes me miraban sin verme
mientras la multitud me apretaba y me ingería.
Un pecho volando, geranios que caían por los hombros,
una mano extendida, asida fuertemente al aire,
ojos que imploraban mancillando, músculos perfectos.
Y aquel deseo terrible (olvida, amor).
Pero hoy es diferente. Ven. Vivamos.
Aunque sólo sea por sentir en la piel
el roce con las plumas blandas de las aves que declinan.
Por poder extasiarnos contemplando esos rostros
surcados por añosos ríos de mansedumbre.
Por compadecernos sin tristeza ni hastío
de esos dedos aferrados a la arista de un nervio.
(Corazones en la noche, frentes en las nubes).
Hoy es diferente. Ven. Titubeemos.
Hoy el hombre ya no muere de puro hombre
y los árboles no son ni una tímida presencia
en la penumbra de este ocaso vulnerable.
Nuestro amor es ya una pausa, una lentitud
que habita en jardines imaginados, en paisajes perdidos.
Hoy es diferente. Ven. Prolonguémonos.
Aunque tengamos que soportar este cansancio.
INTEGRACIÓN
Tengo que sentir esa pulsación alegre en su calma,
espuma no dormida, sensualidad exquisita, destello.
Tengo que rescatar mi cuerpo de los colmillos rígidos
que, lenta, imperceptiblemente, lo van despedazando
mientras yo, en abandono dulce, ebrio, seducido,
voy dejándome morir en letargo indoloro.
Tengo que abandonar ese rebaño de bronce purulento
que galopa con los ojos clavados en la tierra,
sin ver la margarita que crece junto al trébol
y es regada por la indulgente sonrisa de los dioses.
Es como una intuición, un enigma amable que flota,
que, como lluvia liviana o luz velada, se tolera.
No más puñales. Nunca.
No más voces como vainas de espadas.
Viento sosegado, canciones balbucidas,
esbozos silenciosos de sonrisas.
Y entonces, quizás yo también sea necesario.
Y entonces, exaltaremos el bosque...
No, no el bosque. La carne tibia que huye;
no orilla, no horizonte, sólo bálsamo derretido
sobre cualquier herida o pecho roto.
Abriré así mis manos, pensaremos,
no habrá distancias, juntos un mar,
todo extensión sin sollozos falsos,
toda la pureza cimando la onda que se quiebra,
y, al quebrarse, un suspiro denso. Pájaros a mí.
Quedará la ceniza expuesta a los luceros
en el centro de esa pléyade de ciegos fornidos.
DEMANDANDO UNA ÉTICA
Son tinieblas, sí, tinieblas de páramo o cripta,
de crepúsculo consumido o dogma antiguo.
No sé si la pradera es negra o ya no existe,
pero es indiferente para mi amplitud.
Porque yo voy delante de las voces imperiosas
y me inclino, derrotado, ante la duda cotidiana,
esa que me impide cumplir puntualmente
con la ineludible obligación de optar.
Todo mi afán es vestirme de una ética
que la desnudez afrentosa de mi pecho cubra.
En mis oídos, cansados de armonías decrépitas,
resuenan las canciones, desafinadas ya,
de códigos, decálogos, normas, preceptos y leyes,
estrellas que perdieron su lugar en mi frente.
Volé muy alto dejando de ver tierra, aventurero,
buscador de gestos o sonrisas o esbozos de miradas,
alas batiendo desde mi corazón, alas batiendo,
coronado de altitud en la tibieza oscura de la noche.
La esencia proclamada, fragmentada en fina lluvia,
se hizo lodo al mezclarse con la tierra hirviente,
bullir que se eleva hasta los bordes del llanto.
He adoptado las posturas más neutras
olvidando mejillas de ángel y cabellos muy finos,
consumiéndome el ansia de pisar tierra firme.
Hoy me dejo caer por la pendiente que no redime
y le miento a mi sed con las gotas del rocío
que recojo, paciente, en ánfora de barro.
EL PRIMER PASO
Es necesario que me calme.
En el viento va, desvanecido, mi sollozo,
y la arena de la playa está fría y amarga
porque la ola quedó dormida en ella, muerta en ella.
Me brota el impulso, rodeado de unas flores
como pasiones oscuras que gotean sangre,
en el plano inclinado de mi piel que grita.
(Es cómodo reclinarse en la arena mullida y dormir
sin escuchar la voz que nace en la nube o en las cimas,
dormir manchado de los siete colores, antes bellos,
ausentes los ojos, derrochadas las manos,
abandonados tantos ingenios que acaso florecieran.)
Fui péndulo incesante que osciló empedernido
entre el bien que sólo es acierto
y el mal que sólo es error.
Loca carrera en la turbia neblina indestructible
que impide contemplar los arroyuelos fogosos,
los remansos, la quietud del hielo.
Loca carrera, loca búsqueda, huída quizás.
Es necesario que me calme y bese el viento.
He de estar, he de dar el primer paso,
aunque giman los mármoles silentes, que no dulces;
aunque mi voz se confunda con los ecos de la playa,
tropel insaciable que se agita pidiendo mi sombra;
aunque vayan por ahí rumoreando, mintiendo,
fingiendo una muerte que interrumpe,
cuerpos como enigmas rellenos de ocio y tristeza,
repletos de instintos, sufridores al cabo.
Me duelen ya los brazos que aún no son alas,
las palabras que aún no son sueño,
tantos anhelos mórbidos, tanta pureza estéril, tanto viento.
Te amo ya, carne o tierra, límite inestable.
PRIVACIÓN DE MÍ
Extraños sonidos pueblan mi lecho
imponiéndome la lágrima y su frígido surco
que se hiela al contacto de la más leve brisa.
Percibo claramente el fragor de este cuerpo, valle abierto,
la síntesis de su palabra y de su mano extendida,
de sus sueños que no poseen la seriedad del granito.
Y oigo las cándidas voces del herido en la frente,
pidiendo un muro blanco donde no haya puerta
por la que pudieran entrar bocanadas de musgo.
Y capto el presagio del viento que me dice que muero.
Morir yo. Negarme. Olvidar el calor de mi sangre.
Olvidar las urgencias de mi cintura.
Cerrar los ojos al jazmín, al sauce, a las sienes dormidas
y a todas las auroras que se prometen al niño eterno.
Desprenderme de mi aliento, de mi llanto, de mi instinto;
volver los ojos a ese océano de pleamares de plata
y hacerme gota que se funde en el piélago,
hacerme pez que se disuelve en lo profundo,
asimilado en la música verde de la multitud integrada.
Comprender que mis ansias tan sólo son venas,
venas conduciendo una locura inestable:
individuo aislado, persona, alma inmortal,
luna que recorta mi perfil único
dejándome plasmado en un llanura sin reflejos.
¡No puedo transigir con tanto error!
Triste inercia regada por sangre perdida,
sangre nuestra, total, sangre del mundo.
No existe piel ni barrera ni límite.
¡Te amo tanto que estoy en ti mismo!
La simplicidad infinita me está reclamando para sí
y he rechazado con vigor al ermitaño
que pretendía la cueva de mi corazón.
REDENTOR
En una triste cabaña del monte perdido,
en el silencio de los vegetales torpes,
en la pradera lejana, cántico olvidado,
en las alturas que sólo son de piedra y tierra parda,
allí creí encontrar el manantial de los diamantes.
Me alertó el desamparo del corzo asaeteado,
que, solo, en un rincón, lame su herida,
que siente que su muerte es destrucción
sin germinar como semilla o lágrima,
que nace a la muerte con cada gota de sangre vertida,
muerte malgastada, días perdidos, vida sin objeto.
Invoqué a los cielos que nunca brotaron
(todas las oquedades de mi pecho rellenas de mi carne
pero todos los volúmenes repletos de deseos.)
¡Amar! Entregar tu cuerpo al torrente que, al final,
te llevará a los grandes mares, a la espuma, al sol.
Sólo los toros de fuertes pezuñas y cuernos sangrientos
avanzan ruidosos por las llanuras blandas,
babeando de furia ancestral, de miedo antiguo.
Propiedad privada, oro en monedas o dientes falsos,
mío, tuyo, jamás de nadie, hay que vivir,
hay que matar o morir, es puro instinto.
Los perros pequeños siguen las carnes pequeñas
y la masa viscosa se desplaza, errante,
siguiendo el endulzado son de los clarines sórdidos.
Pero no debo desertar de este conjunto vivo.
Sólo tengo que averiguar el dogma de estos tiempos,
el que puede ser válido, siquiera en esta etapa,
y predicarlo a costa de mi sangre.
VIAJES
Verdad no es cielo ni siquiera sonrisa.
Verdad no es sol, no es calor, no es árbol frondoso
bajo el que poder guarecerse cuando la lluvia aprieta.
No es el color único que se busca con angustia,
desechando el arco iris por perverso o erróneo.
Pero sólo las aves cansadas, sin ganas de volar,
conocen el misterio de la policromía.
Penetro en mí, en mi historia, en mis músculos,
penetro en el bosque rumoroso de mi pecho,
penetro dentro de mis límites creyendo que existen,
cruzo el manantial de mis lágrimas y me sumerjo
en el río de mi sangre y en la nube de mis sueños.
No encuentro más que arcilla sordomuda
y un borde cortante de cristal en cada pliegue.
Inútil viaje por esta selva de árboles sin ciencia.
He regresado con la serenidad que me confiere
el sentirme hoja de acacia que marchitó el otoño
y cabalga a caballo de todas las tormentas,
sabiendo que a mis pies, cuando el viento se calme,
la tierra me recibirá con alegría.
Al final habrá una tierra en que extinguirme,
en que pudrirme en algún rincón caliente;
al final habrá un mar en que hundir mis despojos
y diluir mi sangre y mis lágrimas ya estériles.
Pero antes viajaré por otros pechos,
he de adentrarme por los únicos paisajes
que se ofrecen a mi espíritu viajero.
Diviso un grandioso horizonte de cuerpos
carentes de verdad, ignorantes aturdidos,
pero ricos en vida, en anhelos y en posibilidades,
hermosas playas por las que pasear sin agonías.
PROGRESIÓN INCIERTA
Supón que asimilo estas ansias y me dejo estremecer,
me dejo llenar de celo o de ciencia o de ilusión
y acudo voluntarioso a las llamadas de la tierra,
supón que atravieso todo ese frío
que lanzo mi mano allí a lo lejos, a la niebla,
que me expando, en fin, abierto en mil heridas.
Pero si mañana muere, que morirá,
un hombre o vástago o proyecto entusiasmado
sin haber podido dejar las huellas de sus manos
en la piel cobriza de una estatua de carne,
en este barro dulce que nos funda,
dime ¿qué música intangible emitirá su cadáver?
Si mañana muere, que morirá,
un niño o sangre nuestra o dulce sueño
sin haber podido llegar a volar alto,
a divisar un horizonte un poco más lejano,
dime ¿quién dará sentido a los sollozos?
Si mañana murieran, que morirán,
todos los hombres preclaros o semillas,
todos los hombres fértiles o promesas vírgenes,
tierra en féretro, humanidad sin rumbo,
dime ¿quién acallará las carcajadas del viento
ante la estupidez de estas ofrendas?
¿Dónde estará la luz que rompiera el gran silencio?
No, amigo mío. No creo en esos dogmas.
Soy cuerpo ante la brisa, noche que gime,
paisaje que perdió su horizonte, rayo tenue.
Soy sólo la necesidad de una caricia. Mar.
Soy lágrima excitada, mansa al fin. Soy tristeza.
Soy deseo, ignorancia, indecisión, instinto, fuego.
Soy una vocación de altitud y, más que todo,
soy amor. Quizás tan sólo amor.
ACERCARME A LAS ESRTRELLAS
Viajero apaciguado, me acomodo en mi rincón
olvidado de la rosa de los vientos.
Y miro la tierra allí debajo y el cielo arriba, arriba,
inquietud, transpiraciones, blancuras débiles, inercias,
dolores insufribles en los corazones apagados.
¡Y tanto, tanto sueño!
Y entonces pienso que no puedo dormirme
y abandonar mi pasión a los gusanos.
Late un pulso enérgico en este trozo,
en este jirón desprendido del infinito roto.
¿Sólo vivir? ¿Sólo un vuelo de pájaro fugaz
y al fin caer, precipitarme a la tierra?
¿Sólo una aurora azul con hierba y luego fango?
¿No es posible encontrar un lugar entre las nubes
donde encaje adecuadamente mi cabeza?
¿No es posible encontrar en mi cabeza
un lugar para albergar alguna estrella,
una estrella locuaz que vierta sus augurios
o sus razones como pétalos hermosos?
¡Habladme, cielos, habladme!
No os saludo ni os temo ni os respeto,
sólo quiero vuestra voz que ha de ser para mí.
Quiero crecer. Contemplar este holocausto desde arriba.
Quiero vivir como el hombre al que yo tiendo,
al que vosotros, cielos, me hacéis tender.
Ha de haber una espina sin veneno ni frío
y yo moriré buscándola, buscando la razón
de este vientre, de esta mano, de esta torpeza que mata.
Vivir, buscar, acercarme a las estrellas.
EXPLICACIONES
Un ir pasando, un ir perdiendo, un naufragar diario,
un crecer para el cosmos, para el caos,
un desvanecimiento progresivo de la idea,
un crepúsculo lentísimo y una noche que no acabara.
Ese es el transcurso de la alondra y de la flor.
Una pasión de aguas amarillas y placeres prohibidos,
una luna muy limpia en las piernas dormidas,
unos ojos que miran a lo lejos, bebiendo horizontes.
¿Es que son todos tan malvados que me ocultan
si toda esta exhibición es fruto del azar?
¿O son todos tan benévolos que me lo han explicado
con todo detalle, claramente, sin reservas,
y yo no he sabido o no he querido entenderlos?
A veces he intentado desnudarme
de todas esas ropas adecuadamente confeccionadas
que me legaron los hombres ancianos que ya han muerto.
El viento se ha llevado los últimos jirones de mi miedo
y me he quedado sólo y en escucha reverente
contemplando los cielos en la noche estrellada.
Pero el silencio se hace carne, los luceros me ignoran
y mi llanto retorna a hundirme en la espesura.
Perdonadme estas lágrimas que el viento no seca.
No reparéis en este turbio manantial que brota
de las peñas heridas que conforman mi pecho,
perdiéndose en el lodo sin llegar a florecerlo.
No prestad atención a esta voz, a este gemido
que extiende sus ecos por las praderas sordas.
Acoged de mi discurso tan sólo esta amenaza
que nace del oscuro delirio de mi frustración:
¡Al final, seré yo quien pida cuentas!
ESPERAR AMANDO
No más llanto. Es baldío el llanto torpe.
Ormuz y Ahrimán nunca existieron.
Todo está ahí y, por estar, lo amo.
Celeste armonía que penetra por las yemas de mis dedos
invadiéndome, impregnándome, venciéndome,
autorizándome para plantarme cara al mar
y proclamar a voces mi inocencia.
Ignoro las respuestas pero no me avergüenzo.
Asumo mi carencia que los siglos proveerán.
Brillos engarzados en corona cercando este remanso,
pequeño remanso en el río frenético
de las tendencias crueles y mezquinas,
remanso de sosiego, lecho para un sueño posible.
Estoy naciendo a una existencia de cristal o rosa nueva
que me arrastra entre tibias humedades vivas,
que me traspasa con su espada lenta, daga cósmica,
estilete de viento transparente y suave
ahora inseparable de mi dulce herida.
Vida de mariposa prendida en unas sienes elevadas
que se han detenido sin cólera ni odio
al borde de aquel mar en el que nunca nadarán.
Cantaré a este vivir que no lo es, a esta distancia inexistente.
Cantaré a lo nacido, a lo irreal, a todo lo que está y no está.
Cantaré al niño abstracto parido por la frente candorosa
de ese hombre que intenta creer en lo eterno.
Cantaré a los números que dejaron de ser indiscutibles,
a la sangre derramada por culpa de una palabra o quimera,
al perfil de la savia madurada al sol del olvido,
a todas esas nubes que no son sino sollozos callados,
a las auroras tibias o silenciosas, al árbol compañero.
Cantaré a cualquier piel oscura, raíz amarga, boca solitaria.
Todo está ahí. Es el todo delante de mi inocente inmadurez.
No puedo comprender, sólo cantar.
Cantar mientras persisto, mientras espero.
Hay que esperar aún, esperar cantando,
esperar amando.